A veces me siento como una misionera llegando a lomos de burra, una misionera de la ciencia, a horcajadas de un autobús que me lleva a los más recónditos lugares de Tamaulipas, aquí, en el noreste de México. Llegué con media hora de margen a la central de autobuses y conseguí un buen asiento para la línea hacia Reynosa. Los viajes en el camión son cómodos y las distancias se dilatan. Saqué entonces mis apuntes y los libros que me ayudan a preparar las clases. Cuando ya estaba instalada llegó ella con una mochila de Hello Kitty a sus espaldas y un osito blanco apretujado contra su pecho. Arrastraba otra mochila de rueditas. —Hola Ludi, ¿qué… a casa de la abuela? —preguntó el chófer. —Hola Onofre, ¿qué di-vi-di vas a poner? —El del Fin del Mundo… —Ah, qué padre —contestó la niña con desenfado. ![]() —Hola. Le contesté con una sonrisa, musitando una tímida respuesta. Todavía me faltaba un rato de observación. Iba controlando a todos los pasajeros que entraban. Algunos la saludaban. Cuando el coche inició la marcha, se sentó y marcó un número en su celular para decirle a alguien que el viaje había comenzado y que pronto llegaría. Se ajustó unos auriculares y empezó a cantar, al principio bajito, pero a medida que se iba emocionando con “tus besos y tus caricias” pegaba unos gritos formidables. Tanto que le llamé la atención: —Nena, que cantas muy fuerte. —¿Mande…? —dijo ella desconcertada, quitándose los auriculares. Y le expliqué que en su entusiasmo musical iba cantando muy alto y la gente empezaba a mirar. Ella se excusó encogiéndose de hombros. Se rió de nuevo y volvió a ponerse los auriculares. Ahora cantaba directamente en bajo, moviendo los labios, mirándome y riéndose, me acababa de hacer su cómplice. Al rato nos habíamos sentado juntas. Se llamaba Luz Divina, aunque todos la llamaban Ludi. Sus padres estaban separados y su madre la embarcaba cada fin de semana a casa de sus abuelas, en la ruta hacia San Luís Potosí o en la de Reynosa. En una había un rancho con gallinas y hasta un coyote que aullaba en la noche, y en la otra vivía su abuela Mercedes, que le hacía los trajes a la Jennifer López. ![]() Bebí con cierta desconfianza un jugo denso, cálido, con una dulzura de madera. —¿Qué es? —Maguey, mire todo ese campo —vi entonces una plantación de pitas que se extendía hasta el horizonte— la abuela lo saja y coce el jugo y lo metemos en los botes, yo me chupo los dedos, mmm… —Y ahora ¿vas con tu abuela Macaria? —Si voy a Reynosa, voy con la abuela Mercedes —contestó como si fuera la mayor obviedad del mundo—. A la abuela Mercedes la metieron de pequeña en un barco de niños que salió de España porque había guerra y tenían mucha hambre. Vino a México y empezó a comer y entonces ya nunca pudo engordar y era muy guapa y se hizo modista y entonces se casó con el abuelo que tenía maquilas en la frontera y entonces empezó a coser para todas las actrices famosas del otro lado. Cuando le dije que yo también era española soltó todo y me dio un abrazo enorme: —Española de España, ¿de veras? —y me volvió a abrazar intensamente, cerrando los ojos. Su vitalidad era irrefrenable. No paraba de contar historias. Su vida era una pura aventura, una fantasía disparatada, un viaje que no había hecho más que comenzar. Su padre estaba en España y hablaba con él todas las semanas. Siempre le regalaba todo a pares: dos mochilas, dos barbis, dos ositos, dos celulares. Todo estaba dispuesto en sus dos asientos. Las muñecas sentadas de frente, apoyadas en la bandejita del respaldo, los ositos flanqueando el lugar donde echaría una cabezada, una mochila de ruedas en el suelo, con su ropa, y en el asiento otra, donde guardaba sus juguetes. Tras esta biografía que soltaba sin apenas respirar y haciendo todo tipo de aspavientos, Luz Divina parecía desinflarse, se dejaba caer, se ponía los auriculares y volvía a jugar con su celular. Poco después, el chofer me contó que todos conocían a Ludi desde los 6 años, cuando su madre la embarcó sola por primera vez, y que el autobús era como su casa. Me tenía cautivada. Cuando volví al asiento Ludi me ignoraba por completo, como si no existiera. Saqué mis tapones y empecé a contemplar el paisaje. Me fascinaba la transición entre el verde tropical del valle huasteco y la aridez de la frontera. Toda la gama de verdes se iba fundiendo en un verduzco pardo y al acercarnos a la frontera, polvorienta, gris, desquiciada, desaparecían los colores. Como si la autenticidad de la naturaleza diera paso a una realidad descompuesta, entrópica, tan caótica como cualquier frontera entre dos mundos. La carretera que discurría entre pueblos y ejidos era cruzada sucesivamente por la vía del tren. En uno de esos pasos nos topamos con un control militar. Los sacos diseminados por el suelo y la pista cruzada con alambre obligaban a bajar la velocidad. El conductor se detuvo y entraron dos jóvenes soldados. Al pasar delante de una monja se santiguaron y siguieron checando hasta el final, buscando droga. Cuando bajamos nos rodeó una decena de ambulantes con plátanos fritos, chicharrones y gorditas. Llamándoles por su nombre, Ludi compraba a unos y otros la botana y un refresco de un color fucsia imposible, pura química. Me dijo que era de fresa y maracuyá. Nos sentamos en un tronco volteado. Mientras masticaba las crujientes rodajas de plátano, Ludi jugaba con el celular. Los soldados se movían ágiles entre los viajeros mientras el oficial, junto con dos reclutas, revisaba los equipajes y la bodega. Dejé a la niña ensimismada tratando de comer marcianitos cuando un soldado joven, muy flaquito y que sólo sabía reírse, le quitó el celular y lo lanzó a un compañero. Ludi se puso muy nerviosa, corriendo de un lado a otro, mientras veía cómo volaba su mejor juguete. Los soldados se reían. A ella no le hacía ninguna gracia, y en la carrera tropezó. Fue entonces cuando llegué con un sándwich y les llamé la atención. Se lo devolvieron. Pero Ludi estaba enfurruñada, cabizbaja, meditando su venganza. Al rato, cuando todo parecía haberse tranquilizado reconoció al soldado que le había quitado su aparato, le metió una patada en la espinilla y subió deprisa al autobús, para seguir desde allí haciéndole todo tipo de muecas y sacándole la lengua mientras el otro maldecía. El autobús emprendió la marcha y ya no volvimos a parar, aunque nos cruzamos con más controles y tanquetas militares. ![]() Así se presentó, muy correcta, ofreciéndome una mano displicente. Yo le planté dos besos al estilo español; su nieta me había descolocado y pareciera que fuese mucho más que una compañera de viaje, casi como mi sobrina. El entusiasmo de la niña era parecido y convenció a la abuela para que comiéramos juntas en el Horno Viejo, su asador favorito. Tras esquivar enormes baches y vehículos destartalados, el gordo Osel, su chófer, nos dejó frente al restaurante. Un valet parking con sombrero de charro nos ayudó a salir del vehículo. El aspecto del lugar era bastante pintoresco, imitando a las haciendas del siglo pasado y sin perder en ningún momento esa clase de ambiente entre canalla y señorial. Nos sentamos en una mesa cercana a la barra del buffet y de los asadores, en el extremo, donde podíamos observar todo el movimiento del restaurante, los meseros con su calzón de manta yendo y viniendo, y los mariachis paseándose de mesa en mesa. La niña, al contemplar la barra donde se alineaba una treintena de platillos entre ensaladas, pasta y guisos, daba saltitos encantada. La comida era su gran placer, su debilidad. Mientras nos asaban la carne llenamos nuestra mesa de manjares que íbamos compartiendo. De repente se sintió un revuelo. Apareció un hombre chaparro protegido por tipos aguerridos cuyos rostros mostraban una dureza poco habitual. El hombre venía acompañado de una güerita despampanante, subida en unos tacones dorados, que parecía sacarle una cabeza. Echó un vistazo rápido al salón y con su mirada señaló la mesa donde se sentaría, justo a nuestro lado. Los hombres se colocaron frente a la puerta y alrededor de su jefe. Todo fue muy rápido, bajaron las voces, aquellos hombres imponían. Él, con la palma hacia arriba, pidió más volumen a los mariachis, que empezaron a desgarrar sus canciones. Luego todo volvió a la normalidad. La gente siguió comiendo, platicando y mirando de reojo al nuevo comensal. Yo observaba la cara de doña Mercedes que apenas se inmutó. Pero un gesto fugaz había cruzado su rostro al reconocerle. Yo no tenía ni idea de quién podía ser, pero desde luego alguien importante. Cuando todo el mundo parecía estar en lo suyo, el hombre se levantó y dijo: —Damas y caballeros… —y haciendo una pausa mientras comprobaba las intenciones de los comensales, prosiguió— la comida corre de mi parte. Ruego dejen sus celulares sobre la mesa, mis hombres los recogerán y se los entregarán a la salida. Buen provecho. Todo el mundo obedeció sin chistar. Capté en doña Mercedes una mirada levísima, de desprecio, pero inmediatamente sacó el celular de su bolsa. También Ludi, que lo llevaba colgado de un cordón. Y yo, y las decenas de personas que abarrotaban el Horno Viejo. Los mafiosos los recogieron como el que limpia las migas de la mesa. Volvieron la música y las conversaciones como si nada ocurriera. Los meseros continuaron su labor. El capitán se acercó a la mesa del capo apuntando la orden. Mi cara debía mostrar mucha curiosidad porque doña Mercedes, casi en un susurro, dijo: —Es el Chapo Guzmán. Luego me enteré de que era el jefe del Cártel de Sinaloa y se había fugado de la cárcel hacía 5 años. El Chapo se comportaba con naturalidad, su hablar era tan suave que apenas era perceptible la conversación. Supongo que serían palabras de amor, pues no dejaba de besar la mano de la rubia mientras la miraba a los ojos. Destacaba en su cara morena la barbilla con su agujerito y el mentón cuadrado, muy atractivo. Quizás así, con el favor de las mujeres, había conseguido llegar hasta donde estaba. Lo increíble es que estuviera comiendo allí, tan tranquilo, cuando era el hombre más buscado de México. Estábamos comentando cosas sin importancia de España; dónde vivía, qué hacía como profesora, cuando de repente se oyó un silbido. Fue creciendo hasta ser una melodía. El silbido siguió sonando cerca, peligrosamente cerca. Todo el mundo calló. También los mariachis. Las miradas se dirigieron hacia nuestra mesa. La mochila colgada de la silla de Ludi se mecía e iluminaba al ritmo del vibrador y de los silbidos. Un sicario la agarró. El jefe levantó una ceja señalando a Ludi y el mismo hombre cogió del brazo, con fuerza, a la niña. ![]() —Sí, mijito, aquí está, a mi lado —mirando con cierta condescendencia hacia la niña. Separó el celular de su oreja y teatralmente dijo: —Es un gachupín… de la madre patria, tu papá, prietita. Lanzó el celular de una mano a otra, jugueteando con él, mientras la niña intentaba de nuevo atraparlo con sus manos torpes y gordezuelas. Finalmente movió su silla hacia las mesas del buffet, desiertas ante el espectáculo. Sacó de su cintura una pistola que brillaba como la plata, lanzó el celular hacia arriba y le metió un balazo seco que lo descuajaringó. Luego giró su rostro hacia Ludi, amonestándola: —No juegues con esto, mija —mientras manoseaba su propio celular. La cara de Ludi no cabía de asombro. Con un gesto de enfado, la niña se levantó, agarró lo que quedaba de su aparato y vino hasta nuestra mesa con la cabeza gacha. Se quedó un rato de brazos cruzados, sin moverse, contemplando el celular muerto. Al rato volvió a levantarse, dio un par de pasos, sin dejar de mirar fijamente al capo y se derrumbó, cayó al suelo como una muñeca de trapo. Doña Mercedes fue hacia la niña, tratando de reanimarla “Ludi, Ludi”. Al agacharme, doña Mercedes me hizo un gesto, apartándome. El Chapo nos miró con desprecio y siguió comiendo. La rubia se quedó boquiabierta, sin saber muy bien qué hacer. Los mariachis callaron, de nuevo hubo un silencio. El Chapo les pidió que siguieran tocando y que no hicieran caso de la niña y su abuela, tiradas en el suelo, mientras contestaba una llamada de su celular. Poco después agarró a la güerita con fuerza para que lo siguiera, mientras daba órdenes a sus hombres para abandonar el local. La rubia le seguía medio descalza, sin entender nada, con un tacón dorado en sus manos. Yo no daba crédito a mis ojos. Todo era como una pesadilla. Deambulé sin mucho sentido por el salón y llegué hasta una ventana, mientras la gente empezaba a levantarse desordenadamente. A través del cristal pude ver cómo patrullaban las fuerzas federales, las mismas que nos habíamos cruzado poco antes. Dos camionetas de policías con chalecos antibalas y pasamontañas parecían custodiar al mafioso. El Chapo y la güera se subieron a la cabina de una Ford Lobo deslumbrante. Detrás subieron algunos de sus hombres. Cuando arrancó los siguió la patrulla federal. Otra camioneta esperaba al resto con los motores encendidos. Dentro del restaurante quedaba una pareja de sicarios, mientras uno dejaba varios fajos de billetes sobre la mesa del buffet, otro volteaba una caja de cartón echando los celulares y advirtiendo que no los usáramos hasta media hora después. Desde la puerta y apuntándonos con una metralleta, un tercer narco apremiaba a sus compañeros. Finalmente salieron, se subieron a la camioneta y desaparecieron. Ludi y la abuela seguían en el suelo, rodeadas de un corro que iba creciendo. Llegué a la mesa donde se agolpaba la gente intentando reconocer sus teléfonos. El primero que encontré fue el de Ludi, cuyas estrellitas brillaban, luego el mío. Fui hasta ellas, que seguían postradas y rodeadas de gente opinando. El celular de Ludi centelleaba en mi mano derecha. En ese momento abrió los ojos, me miró y preguntó: —¿Se han ido ya? Ludi entonces se incorporó, se estiró la camiseta y dijo: —Hice bien la muertita, abuela, órale. ![]() |
Ilustraciones:
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Belén Boville Luca de Tena (Madrid, 1962) es escritora y periodista. Doctora en Geografía e Historia por la Universidad Complutense y Máster en Educación Ambiental por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Ha sido catedrática de la Universidad Autónoma de Tamaulipas entre 2003 y 2006. Entre otros ha publicado La guerra de la cocaína. Drogas, geopolítica y Medio Ambiente (Debate/Random House 2000).
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