Our mother has been absent ever since we founded Rome but there’s going to be a party when the wolf comes home Up the Wolves, de The Mountain Goats |
El arrugado y largo pene se escabulle escapando apenas, por debajo de la enorme y reluciente barriga, asomando la cabeza, cual trompa de elefante que a punto está de moverse. Huele, busca en el piso un charco del sudor perdido, donde pueda el exhausto y maltrecho paquidermo saciar la sed que provoca estar por más de veinte minutos sentado y sudando en el cuarto del vapor. En el Centro social y deportivo José López Portillo, ubicado en Avenida Santa Ana y Canal Nacional, muy cerca de la ESIME Culhuacán, por 620 pesos al mes, si va solo, o 1,250 si la familia le acompaña, es posible ejercitarse de muchas maneras, hacer entrañables amigos, poderosos rivales y, por supuesto, entrar al cuarto del vapor. ![]() Es por esto que se ha formado, naturalmente, una pequeña comunidad de deportistas otoñales en las seis canchas de frontenis con las que cuenta el centro. Hombres en su totalidad, por la velocidad con la que ondean sus canos cabellos y la fuerza al empuñar la raqueta, han llegado a conocerse y a entablar relaciones que no siempre son de camaradería. En los vestidores, pasillos formados por casilleros altos de color mamey, pueden escucharse las más épicas crónicas deportivas de las que se tenga noticia: de cómo los de la parte “cubierta” de las canchas fueron derrotados en interminable y apoteósico partido por los de la parte “descubierta” de cómo el culero del Coca-colo, alevosamente, puso una pelota en la cara del Emiliano, quien estaba hasta enfrente, en la “línea de fuego” y nada pudo hacer: desprendimiento de retina y 35,000 pesos por la operación son razón suficiente para poner al Coca-colo en la lista negra, o sea, los que ya no gozan del privilegio de participar en torneos organizados por los recios de las canchas. Si se avanza a través de los vestidores se llega a una puerta que da al pabellón acuático, es decir, a los baños: a mano derecha, las regaderas; enfrente, los lavabos, y a la izquierda, el cuarto de vapor. En éste primero se entra a una suerte de sala intermedia, donde hay calor pero no el suficiente para empezar a transpirar; es un cuarto de aclimatación al que los romanos llamaban caldarium. Una vez aclimatado se entra al cuarto de vapor fuerte, el de a de veras, o si se es muy cabrón se hace de golpe, sin preparación previa. ![]() Ya desde los vestidores, la mayoría de los asistentes muestra las carnes arrugadas, pero es hasta el vapor cuando se sientan, abren las piernas y dejan que el brillante sudor escurra, de pelo en pelo, hasta el falo, humedeciendo tanto que es necesario pararse para quitar con la mano los encharcados efluvios. Hay desde luego tímidos, que usan traje de baño o hasta ropa interior, empapándola por completo del hirviente caldo. Allí, en lo que para los romanos era el sudarium, los mayores empiezan las transpiraciones; el tiempo parece detenerse, los cuerpos regresan a un estado animal donde no son parte de humano razonante sino pieza de carne que suda, que vive. Las gotas evaporadas que se acumulan en el techo, falso tirol, caen ardientes en las espaldas y glandes multiformes de los hombres que, indiferentes a la lluvia de fuego y a su sexo, prosiguen el baño, a veces recargados, otras tantas acostados. Relajan las armas después de la pelotera, se acostumbran a este reducido espacio de vida nudista, que seduce a quien regularmente suda y se baña allí. De pronto, las conversaciones privadas cesan, poco a poco y a medida que va avanzando todos saludan al Güero, personaje mítico en el deportivo. Espigado, caucásico en efecto, recuerda a ratos al ex fiscal Chapa Bezanilla, con la misma pinta de estar siempre dispuesto al negocio turbio. Camina encorvado, menea los largos brazos al ritmo de los pies: lento y despreocupado, pasea el traje de baño que trae tatuado en la piel por tanto tostarse al sol. ![]() Cuando el sudor ha sido suficiente, una regadera fría espera en el caldarium. Posteriormente, las regaderas convencionales harán su parte. Una vez afuera, los olores de lociones, caras y baratas; desodorantes, antitranspirantes, talcos y cremas empiezan a congestionar el lugar. Las maletas se abren, los calcetines, calzones y camisas toman su sitio en los cuerpos limpios. Poco después, ya bañados y vestidos, perfumados y triunfantes salen al vestíbulo, donde colocados en torno a una televisión hay tres sillones para esperar a alguien o para descansar de la jornada; el símil del apoditorium imperial acoge a los héroes del momento y a quien al menos por el esfuerzo del día, titánico, monolítico, incansable, se ha sabido romano, hijo de la loba. ¡Salve, Emperador! |
Ilustraciones: Mario Andrés Dorantes Landeros (1984) es estudiante de periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, profesor adjunto de las asignaturas Géneros periodísticos y Taller de redacción de la misma facultad. Ha publicado textos en Caleidoscopio, revista del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), así como en los blogs Ejoven y Universitarios de El Universal. Actualmente escribe su primera novela. |