Minificciones Muestra fotográfica de Héctor Ávila Cervantes
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Título: Xátiva
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Si tomamos como cierto que la fotografía es fundacionalmente escritura hecha de luz, tenemos entonces que las historias que leemos en estas Minificciones están escritas en silencio, en un mudo fulgor robado al tiempo; desde el atisbo de un paisaje ignoto e inesperado al otro lado de un sombrío pasaje o la espera infinita en un andén de acentuada y vertiginosa belleza geométrica, hasta la certeza de hallarse en el único camino que conduce a las ruinas de Roma o la perspectiva rasante de una oscurecida sierre nevada en México. De una noche en el paseo de Gràcia 92 en Barcelona —domicilio de la famosa Casa Milà de Gaudí, sobradamente conocida como La Pedrera— al límpido reflejo de agua del antiguo canal de Xochimilco, y de ahí al audaz y violento registro de blancas y negras diagonales de El domo de Brunellesci en Florencia o a un espigado y estrecho callejón escindido por una navaja solar en Venecia, la historia que nos cuenta Ávila en sus fotografías es una: la de un mundo (nuestro mundo) olvidado que abreva insaciablemente de las fuentes inagotables de la realidad y la ficción.
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Título: Vista de lo invisible |
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A través de las 38 obras de que se conforma la comentada serie itinerante, asistimos al encuentro, a la escucha de esta narración que es cuaderno de viaje. En él contemplamos los fugitivos momentos en que a la mirada del artista le ha sido dado ver, cruzado aquel umbral del inicio, el oculto resplandor de lo aparente; que es decir incluso, de lo dado, lo visible. Como en muy pocos casos, lo expuesto en cada una de estas fotografías no es la imagen de algo, sino ese algo mismo contenido en su insondable acaecer; ya sea en un tono de exultante arrojo, o en la más insospechada calma, es la hondura de las cosas, su canto íntimo, su secreto envés diríase, lo presenciado. Al final de unas escaleras, al pie de un volcán estático o bajo una filigrana de cables aéreos, en medio de un par de vagones en movimiento y detrás de un crepuscular horizonte gris, palpita, agazapado, el acendrado corazón de lo inédito.
Como prueba, aquel instante horizontalmente simétrico: arriba, nublado y basto, el cielo es sospecha de una próxima e implacable lluvia; abajo —dividido el espacio a su vez en dos paralelas— y en segundo plano, el mar, breve e infatigable, mientras el primer tercio total del recuadro es ocupado por la amplitud del cuerpo uniforme de la parda arena. Finalmente, en el umbral de estos actos, en la callada quietud del tiempo, una pareja sedente y de espaldas al observador traspone su mundo, y al hacerlo, quizá, recupera otro más suyo.
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Título: Siniestro |