Nueve de la mañana. Despierto de un salto por el ruido ensordecedor de los taladros hidráulicos y el griterío de los obreros. Muy cerca construyen otro distribuidor vial, justo frente a mi ventana. Leonor despierta con estrépito. ¿Ya es hora?, pregunta. Sí, le digo. Y entro a darme un baño. Ella se levanta, camina hasta el cuarto del bebé, revisa que esté dormido y enseguida va a la cocina. Salgo, me visto. Mientras desayuno pienso que es viernes, que ya casi termina la semana, pero que no hay remedio. Todo comienza cuando parece terminar. Los beso y salgo del departamento. Los albañiles me miran con burla. Les miento la madre, aunque sé que no es culpa suya. Es viernes de Hoy No Circula. Camino hasta la parada de la combi, espero unos cinco minutos hasta que llega, abordo. Está repleta, me acomodo en un diminuto espacio entre dos zombis; ambos parecen muertos con la boca abierta a pesar de que el conductor puso a un volumen excesivo los éxitos de banda y duranguense. Quince minutos de clarinetes, tambora y voces aguardentosas, algo en verdad demencial. Bajo.
Camino sobre el Eje Central cuando los comerciantes comienzan a instalarse, a probar su discoteca pirata. Entonces escucho los primeros claxonazos, mentadas de madre, el silbato del policía que intenta coordinar el tráfico… huyo al Metro. Cuando estoy comprando el boleto pasa el primer convoy, atascado; espero otro, repleto también. Antes de abrir las puertas veo rostros embarrados en los cristales; al abrirse salen expulsados, rodando. Me inserto en el muégano humano y, de pronto, lo surreal, no es broma: un vendedor de discos, que hábilmente se ha colado, se planta justo atrás de mí para joderme el oído con una dosis de reggaetón panameño. Mi corazón comienza a bombear sangre a ritmo acelerado y me inquieto seriamente, no hay manera de escapar, “¡Chútate este reggaetón mamitaa... esquetequieroooo, nanananaiiiiiiinanaiiiinaiiiiii es que tequierououo...!” Estación Chapultepec. Salgo vomitado. Más vendedores de discos sobre la acera.

Diez de la mañana. Entro a la empresa. Saludo de lejos a la jovencita de nuevo ingreso y ella me responde con una sonrisa coqueta. Llego al cubículo, enciendo la computadora, despliego la ventana de captura, sintonizo la radio (mi trabajo consiste en monitorear programas de radio), conecto los audífonos y ahí se chingó el asunto: las noticias. Recuerdo un artículo en el que el autor se pregunta por qué no hay una ley contra el ruido, uno bien podría morir por ruido; y no por el ruido salvaje de la ciudad, sino por la sarta de estupideces de los políticos, las sempiternas justificaciones del Presidente, las guangas contrarréplicas de la oposición legislativa; eso sí es ruido, contaminación acústica. Nueve áridas horas escucho mamadas repetidas, ningún deeyei podría hacer mejores loops, de lunes a viernes desde hace cinco años que estoy aquí, lo mismo. “¡Un cafecito, plis!” Cinco de la tarde, hora de comer. Salgo. La Ciudad de México es un caos, la zona de Reforma es un caos, nosotros somos un caos, caos y ruido. Lo primero que hacemos al nacer es gritar, la madre que nos parió ha gritado. Uno hace ruido cuando duerme, cuando caga, cuando anota un gol, cuando está cogiendo maravillosamente. Fumo. Regreso al trabajo. La chavita me sonríe abiertamente y eso me calma. Enseguida la masacre. ¡Bang!: bombardeos, calumnias, terremotos, asesinatos, contradicciones, cismas institucionales, chismes, ejecuciones, amarillismo, derrumbes, volcaduras, marchas, marchas, marchas... Los últimos resquicios de la jornada laboral en voz de un senador de mierda, “y que el petróleo es de los mexicanos y que la soberanía de los hidrocarburos y que la jovencita no era guerrillera y que al comandante le cortaron la cabeza porque tenía floja la corbata, y que no quiere debatir y que sí y que no y que luego…” y que chinguen a su madre, mejor. Respiro, hondo, para disipar el espanto. Cinco años en el mismo trabajo, “qué huevos los tuyos, cabrón”, me dijo un amigo abogado. “Pinche abogado trinquetes, vete a la verga”, le respondí con saña sabiendo que tenía razón. Sin duda estos años he actuado como un autómata, como una letrina que absorbe cuanta mierda puede, que sólo se lamenta para sí, sin ser retribuido como es debido, quizás no sepa qué es lo debido. Suena mi celular. Es Leonor. Fiel a su costumbre de ser oportuna, me pide que pase a comprar los pañales de Braulio. Accedo. Termina el noticiario. Son las siete. Apago la computadora, resoplo por inercia, cambio la mueca fastidiosa por una de dandy clandestino: me despido de la nena que sigue tan jovial como en la mañana y me manda un beso. Me excita su edad, su boca, pienso en cogérmela allí mismo. Pero en seguida me acuerdo de los pañales y me dirijo a una farmacia. Abordo un taxi. Deseo descansar llegando a casa, quizás me tome una cerveza y vea alguna película por cable... Algo sucede. La ciudad se nubla, apacigua su densidad, su furia. El ruido ahora se repliega en antros, bares y cantinas, algunos borrachos hablan solos sobre las aceras. Los miro perderse, sumirse en su viaje y en su locura: somos caos, no hay duda. Bajo del taxi. Tres albañiles guardan sus herramientas, paso cerca de ellos y nadie recuerda lo que pasó en la mañana. Entro al departamento, dejo las bolsas de pañales en la sala. Leonor sale a mi encuentro, me da un beso y dice que preparó la cena. Me reconforta, pero aún resuenan en mí los ruidos del día que de a poco disminuyen. Cargo a Braulio, veo que se parece a su madre, lo dejo en su cuna. Cenamos, charlamos un rato y nos dirigimos a la cama. No bebo cerveza ni veo la tele. Todo termina en calma. Me acomodo la almohada, el cobertor, paladeo mi sueño, y cuando al fin me voy amodorrando, lo impensable: el bebé comienza a llorar, fuerte, como un gato. “Ve a tu hijo, amor”, dice Leonor con maternal sonrisa, “anda...” Abro lo ojos. Me levanto y pienso que en verdad mi hijo se parece a su madre. Llego a su recámara, lo cargo y lo arrullo por unos minutos, me ablanda. El niño se duerme. Cierro la puerta muy despacio. Clac. No hay remedio. Suspiro, me tiro en la cama hasta que duermo, o eso creo.

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