
La poesía no sólo da cuenta de la búsqueda del sentido interno del hombre, sino que también da cuenta de lo inmediato, da cuenta de su entorno, a veces de la naturaleza, de asuntos familiares o anecdóticos o, en ocasiones, de algunos otros asuntos que tienen que ver con su condición política. Es éste el asunto que, a mi parecer, predomina en
Contracanto, segunda entrega poética de Iván Cruz Osorio.
Y es que, como escribiera José Vasconcelos acerca de Carlos Pellicer, autor de
Piedra de Sacrificios, Cruz Osorio "pertenece a la nueva familia internacional que tiene por patria el Continente y por estirpe la gente toda de habla española".
Contracanto es pues el testimonio de nuestra búsqueda como habitantes continentales, de la angustia y el dolor que nos produce el haber llegado abruptamente a esta visión occidental del mundo a través del violento encuentro entre dos culturas, entre dos visiones distintas de vivenciar y representar e interactuar con el universo. El producto de este choque, de esta confrontación es naturalmente el hombre americano y su decir particular, las variadas y distintas maneras en que germina su elocuencia, el reconocimiento de lo propio entre la hermandad continental y de la lengua. La apuesta es arriesgada, pero me parece que los frutos son buenos porque aquí se da cuenta no de la situación más superficial del hombre americano, sino de la conformación de su conciencia a través de la referencia e invocación de nombres como los de don Andrés Bello, José de San Martín, Servando Teresa de Mier, Simón Bolivar, Manuelita Sáenz y Antonio José de Sucre.
Contracanto es una bitácora a través del quehacer intelectual que ha conformado la identidad del hombre de nuestra América, aquella vieja utopía bolivariana encuentra en los poemas de Iván sin duda un momento feliz. Pero, ¿de qué manera el lenguaje poético, más asociado con la expresión emotiva, puede utilizarse también para dar cuenta de asuntos que tienen que ver más con otras disciplinas sociales como la historia o la filosofía? La tradición nos muestra que México ha sido terreno propicio para estas tendencias poéticas, así lo demuestra el ya mencionado
Piedra de sacrificio publicado en 1924, el
Canto general en 1950 también publicado en nuestro país (en dos ediciones distintas), y en 1958 en los cuadernos del Unicornio se publica
Canto llano a Simón Bolivar del admirado y entrañable Rubén Bonifaz Nuño, entre otros textos que han visto la luz en México y con los cuales naturalmente dialoga el texto que ahora nos ocupa.
Desde la filosofía nos ha quedado claro que la preocupación del hombre de nuestro continente por encontrar su lugar en el concierto de occidente es una preocupación legítima y que esta cuestión debe ser asumida no como un hombre adscrito solamente a una región en particular, sino como la preocupación del hombre en cuanto hombre, como hombre sin más, en palabras de Leopoldo Zea. Esta preocupación no atañe, naturalmente, sólo al campo de las ideas, sino que toca la integridad del hombre, es decir, esta preocupación no sólo debe ser respondida por la filosofía, sino por todas las disciplinas que el hombre realiza, desde aquellas de carácter abstracto, como aquellas otras que pertenecen al campo de lo cotidiano. El hombre, pues, debe tomar las herramientas más a su alcance para dar salida a esta compleja preocupación. La poesía es una de estas herramientas.
A lo largo de la historia la gama de temas susceptibles de ser poetizables se ha reducido a un uso bastante superficial, muchas veces sin sentido y que termina en mera pirotecnia verbal. La poesía, como ejercicio humano por excelencia, ha dado cuenta a lo largo del tiempo acerca de los dioses, de la caída y levantamiento de los imperios, del reconocimiento del hombre ante su entorno, de sus anhelos más elevados o de sus más temibles sentimientos. Si autores como Zambrano o Heidegger dan una connotación a veces divina a lo que el verdadero poeta debe decir, en textos como
Contracanto nos queda claro que la poesía puede salir desde el corazón del hombre y no de un más allá inalcanzable. La poesía se nos presenta entonces como un quehacer a través del cual el hombre se construye a sí mismo, da cuenta de sí, se deletrea; la poesía es testimonio vivo de la búsqueda del sentido interno del ser humano, tal y como comentaba al inicio del presente texto, tanto como de la búsqueda incesante del sentido externo de la existencia humana. El poeta no sólo canta por el mandato irrevocable de los dioses, sino como una más de las elecciones que van delineando el sentido de lo que somos como integrantes de una comunidad, de un país, de un continente, del mundo, del universo entero. El poema es presencia y memoria, testimonio del nuestro paso por el mundo, historia de ideas es el hombre y de emociones que lo rebasan. ¿Quiénes somos en la historia del tiempo, del universo, del mundo, del continente, de México? A éstas y más genuinas interrogantes responde
Contracanto.
Yo celebro la aparición de esta nueva propuesta poética e invito al lector a leer la segunda apuesta de uno de los mejores poetas de su generación.