Lamentación por un recluta
Algunos dijeron que el poeta no podía matar.
Pero estaban muy equivocados.
El que empuña la lira y entona tristes canciones
también sabe tensar el arco,
cortar gargantas en la oscuridad
y corroer las vísceras con furia y sevicia.
Algunos se fiaron de sus ojos mansos,
de sus delicadas manos
y no entrevieron el ardor del primer disparo,
ese fogonazo de pólvora en su sonrisa
mientras afinaba la pistola de la muerte.
Ah, debieron haberlo dejado con su poesía,
debieron haberlo exiliado del mundo
como hacen con los locos y genios incomprendidos.
Pero no,
lo llamaron para la violencia,
le cambiaron su lira por una bayoneta
y ahora no saben qué hacer con tanta sangre,
con tantas palabras perdidas
en el fragor de la guerra.
Monólogo de un veterano de guerra
He vuelto de la guerra
con tres costillas rotas,
con las cicatrices de la pólvora,
con ojos extraviados por el miedo
y manos temblorosas.
No sabría decir qué me queda ahora
de lo que antes fui.
Sé que la sangre no es la misma
ni la vida que pende de mi aliento.
Sé que las pesadillas me rondan
y son mis muertos en busca de venganza.
Ellos tienen la carne incorrupta,
los huesos hinchados
y un aliento de insepultos,
de cuerpos ateridos a las vestiduras,
manchados por el sol
y picoteados por los carroñeros.
Ellos buscan beber el agua turbia de mi cantimplora,
buscan extraviar las municiones,
atascar mi fusil.
Quieren verme perder la esperanza,
rendirme a su muerte,
a su muerte que es tan mía
ahora que he vuelto
y veo el mundo con ojos de mortal.
Pero yo no decaigo con sus voces.
En las noches despierto preso de la fiebre,
enciendo la lámpara,
busco las cartas de mi madre
y curo mis heridas con sus palabras.
Mi madre sabía que lo único que volvería
de la guerra conmigo, intacto,
serían sus palabras,
ese silencio que ahonda la boca de mis muertos
cuando más los escucho.
Poema después de la guerra
Me dijeron que podía regresar a casa
si hería de muerte al enemigo.
Entonces fui hasta ellos como un loco,
les arranqué los ojos
y bebí su sangre en señal de valentía.
No sentí remordimiento ni llanto alguno.
Eran sus vidas o mi muerte en la trinchera.
Por eso, señores, estoy de regreso en mi casa:
porque aprendí a temerle a la compasión
antes que a la sangre derramada
y a los ojos desorbitados por el dolor,
esos ojos que pedían clemencia
cuando hendía mis dagas en su carne.
Por eso estoy de regreso:
porque me aferré al fusil y hostigué a la muerte
aun cuando tenía cara de niño y sonrisa inocente.
Por eso, señores, escribo este poema
ahora cuando miro por la ventana
y pasan las nubes
y mis hijos juegan en el patio
y el viento arrastra hojas marchitas;
ahora mientras miro todo esto
y pienso en que tal vez el mundo y la vida
son posibles sin una sola guerra.
Pero no me engaño,
tarde o temprano vendrán por mi cabeza
y entonces tendré que renunciar al miedo,
buscar a tientas la escopeta oxidada,
poner el dedo en el gatillo
y decidir hacia dónde librar mi último disparo.
|