| CUENTO / abril 2008 / No. 7 |
| La mujer zurda |
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A los diecisiete años se enteró de que existía una película llamada La mujer zurda. Lo supo por una revista que una profesora le había regalado a su hermana mayor. Publicaba dos reseñas de las últimas películas sobre el tema de las mujeres: La mujer de al lado y La mujer zurda. Miró la revista, leyó unos artículos y deseó fervientemente poder ir al cine. Quizá en casa no le darían permiso. El dinero no le preocupaba, se sabía capaz de poder pagar un boleto. Tenía diecisiete años y estaba en el CCH. Tenía diecisiete años y se decía marxista. Había leído algunos libros en las clases de teoría de la historia y en el taller de lectura. Quería ser socióloga y tenía como muchos la idea bendita de irse a la sierra a organizar a la gente. |
Ilustraciones: crossfire www.sxc.hu ilco www.sxc.hu
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Rocío García Rey (México, D.F., 1971) es licenciada en Estudios Latinoamericanos y cursa actualmente el tercer semestre de la maestría en la misma especialidad. Escribe cuento y poesía y algunos de sus trabajos han sido publicados en las revistas Fem, Sinápsis, Verso Destierro y el periódico de la FFyL. Se dedica a la docencia e imparte talleres de literatura y escritura. |
Un día encontró un pastel en su casa. Le dijeron que era para ella y recordó que era irremediable cumplir años. Cumplía diecinueve y estaba triste. En su trabajo lleno de espejos había mirado por primera vez con detenimiento su cuerpo. Le pareció grotesco. Inmensamente gordo. Un compañero de la librería le había dicho “¿Por qué no te pones a dieta?” Ella, que en ese momento hubiera deseado correr, se aferró a la imagen que había visto dos años atrás en la revista. La fotografía de la mujer zurda. Empezó a recordar el texto y poco a poco la voz del compañero se fue diluyendo entre los estantes y los pasos de la gente que llegaba.
Los años, desde luego, han pasado. Ningún muro para marcar la frontera del desastre. Un cuerpo oxidado, tembloroso, horadado. Nunca vio La mujer zurda, se conformó con mirar las hojas amarillas y ateridas de la revista. “Cuando adelgace...” pensaba; pero la respiración se acelera, la vista comienza a nublarse, la revista cae en picada, las hojas se resquebrajan y la única sonrisa que perdura como para protegerla de sí misma es la de Edith Clever, la única mujer zurda que logró sobrevivir.


