ATALANTE / agosto-septiembre 2019 / No. 81
 

La camarista 

Limpiar los cuartos de la propia identidad




La camarista
Lila Avilés
México, 2018, 112 min


 


Eve va y viene por los pasillos de un piso de hotel casi intemporal. Usa la regadera de una habitación recién desocupada. Descansa en el borde de una cama recién tendida. Curiosea y añora los objetos olvidados. Administra los coqueteos de un empleado. Mientras va y viene por un piso que le ofrece estos pocos instantes de sosiego entre tantos cuartos por asear, la camarista a veces usa el elevador. Cuando asciende su mirada posee un brillo tenue. Eve sabe que deja momentáneamente la horizontalidad de sábanas rugosas, retretes salpicados y olores ajenos para aproximarse al nivel anhelado por todas las trabajadoras. Es allí donde la muchacha se escabulle para mirar un trozo del allá afuera antes de volver a la soledad mecánica de su faena; antes de abordar un elevador en descenso, ahora taciturna, para seguir limpiando los cuartos de su propia intimidad.

Ideada como un homenaje a la mujer y al oficio, La camarista fue el segundo ejercicio de adaptación que Lila Avilés (Ciudad de México, 1982) diseñó a partir del libro fotográfico donde Sophie Calle plasmó objetos de los huéspedes de un hotel de Venecia en 1981 (L´Hotel). Luego de elaborar una pieza para teatro inspirada en aquellas fotos, la cineasta presentó una ópera prima que sumó dos elementos a la idea originaria de la artista visual que trabajó como camarista: un lenguaje cinematográfico minimalista y el contexto de una ciudad donde existen oficios invisibles que son tan imprescindibles como exhaustivos y que en su mayoría son realizados por mujeres. El resultado fue un relato intimista que hace pensar en que una mujer hace una vida entera prácticamente en el encierro.

En un hotel de lujo en la Ciudad de México, Eve (Gabriela Cartol) procura asear las habitaciones que le asignaron para salir a tiempo y volver a casa con su hijo. La sobrecarga de labores impide que logre su cometido, pero la joven persiste en el empeño guiada por la promesa de un ascenso al piso más ostentoso del edificio: el número 42. El anhelo de merecer una jornada menos exhaustiva tiene otros catalizadores: un vestido rojo que la gerencia entrega a las empleadas destacadas y los comienzos de una amistad con una camarista elocuente y divertida, conocida como Minitoy (Teresa Sánchez), con quien asiste a clases dentro del propio hotel mientras intercambian asignaciones para ayudarse.

Para articular el punto de vista íntimo que sobresale en La camarista, Lila Avilés hizo de la cámara fija un sistema de seguimiento y observación de la protagonista. Sin sobrecargar la imagen con la gestualidad de Eve, la realizadora estableció una interacción entre el personaje y el espacio siempre interior del hotel que se repite para procurar una aproximación gradual a la intimidad de la joven. La riqueza de esta mirada no reside solamente en la habilidad de Gabriela Cartol para potenciar el silencio con sus miradas como antes lo hizo en los minutos mudos de La tirisia (Jorge Pérez Solano, 2014), sino en las variadas situaciones en que Eve aparece en pasillos, camas y baños hasta dar la impresión de una temporalidad más vasta que nos familiariza con la experiencia de una rutina exhaustiva. Aunque los espacios sean similares todo el tiempo, cada plano tiene una solución diferente. A pesar de que casi siempre hay personajes en escena, directora y actriz lograron una transformación sutil del entorno al asociar a Eve con las cosas y las habitaciones.

En la película ganadora del Ariel 2018 a la mejor ópera prima, Lila Avilés no se propuso un ejercicio vanguardista sobre la soledad enajenante de una mujer explotada (como ya hizo Chantal Akerman en 1975 con su Jeanne Dielman...), sino el descubrimiento de metáforas fundadas en la observación minuciosa de ventanas, pasillos, puertas y colores, así como las variaciones que estos motivos adquieren en su nexo con la protagonista. En la película, un baño representa la faena más fiera de limpieza al tiempo que una ducha liberadora; el ventanal ante el que las empleadas tienen prohibido detenerse expresa un anhelo de emancipación; el ascenso y el descenso de un elevador evoca los estados anímicos de la muchacha. El espacio cambia con la percepción de la joven de 24 años. La inteligencia visual de La camarista reside en su capacidad de concatenar una textura realista con un tratamiento metafórico del entorno de modo que el encuentro con una terraza donde Eve al fin se comunica con el exterior es un instante simbólico, redentor, casi equivalente al que vimos en las primeras secuencias de Roma (Alfonso Cuarón, 2018) en alguna azotea.

Frente a la anécdota presuntamente mínima del guion escrito por la directora junto con Juan Carlos Márquez, La camarista consiste en una serie de encuentros y desencuentros con personajes cotidianos tan diversos como el documentalista que colecciona amenidades, la gerente que inventa pretextos para postergar la entrega de un vestido olvidado o la empleada chantajista que "hace su luchita" para vender mercaderías de catálogo. Como sucede con Minitoy, cuya apariencia y personalidad son totalmente opuestas a Eve, cada uno de ellos irrumpe en situaciones rutinarias con una finalidad más ambiciosa que evadir la monotonía de la imagen. Aunque podría parecer que se trata nada más de un elemento humorístico, el personaje que construyó Teresa Sánchez, sobre todo con el léxico, es suficientemente realista y nos aproxima más a un mundo laboral convertido en una vida entera en el encierro. Amistad, educación, afecto y sexualidad transcurren enajenándose en un sistema de presuntos ascensos que implica toda clase de sacrificios. El tiempo individual, el tiempo familiar y hasta el tiempo íntimo se reducen y desgastan ante la omnipresencia de un hotel donde solamente las ventanas, las duchas y las azoteas permiten instantes mínimos de fuga.

En una secuencia, una mujer extranjera busca una camarista que haga la tarea de una nana. Eve visita a la madre tantas veces que establece cierta intimidad con un bebé ajeno luego de varias jornadas en que dejó de ver a su propio hijo porque debió dormir en el hotel para hacer méritos. Los sucesivos encuentros de Eve en realidad nos revelan su propio ser. Cada uno de los personajes son manifestaciones de su situación. Eve en realidad está hallándose a sí misma. Al mirar a otros se mira a sí misma como la miramos: hincada porque recuerda a alguien, extraviada la mirada hacia la altura de la ciudad o sentada en la ducha con la cara alta. Eve recorre el hotel para caminar por su propia interioridad. Cada descubrimiento detrás de las puertas, en el antes y después de las clases o en la soledad de las habitaciones ocupadas y desocupadas es más bien la revelación de una parte de su propia realidad. Encierro y sacrificio: más allá del piso 42, la identidad de la camarista está al final de ese itinerario siempre horizontal por un mismo piso, por un mismo espacio que parece ser el único posible.

En tiempos de escrutinio y oposición firme a las violencias que padecen las mujeres, podría cuestionarse el tratamiento de ciertos aspectos del ámbito laboral representado en La camarista. Si bien puede verificarse que es un oficio habitualmente asignado a mujeres, hay algunos personajes que, en el contexto actual, podrían resultar inverosímiles; es el caso del empleado de limpieza que coquetea con Eve dibujando corazones con jabón en las ventanas. El contexto obliga a pensar que las condiciones de trabajo de las camaristas están sometidas a situaciones más graves que la explotación laboral, lo cual no es un asunto menor, pero la mirada de Lila Avilés pretendió revelar aquello que ella misma denominó como una "humanidad empática" (entrevista con Cineteca Nacional, 2019). El tono de esta mirada recurre a un realismo sensible con un sentido igualmente relevante: el encuentro de la mujer con su propia identidad a pesar de la imposición de un orden social. Incluso, este episodio del filme ilustra una dimensión a menudo desconsiderada al expresar la sexualidad de una mujer de clase trabajadora.

Al añadir un contexto socioeconómico a su idea fotográfica del tema, Lila Avilés encontró y mostró una realidad ya exhaustiva donde los síntomas sociales están plasmados en metáforas como la que ofrece la silenciosa operadora del elevador: símbolo de la invisibilización sistemática que padecen las cientos de mujeres que sostienen economías enteras con un trabajo arduo, pagado a medias, desprovisto de otras oportunidades y que a menudo acaba con su salud. La mujer que lee libros en el ascensor actúa como un engranaje más. Invisible para casi todos, presiona los botones del armatoste luego de escuchar las solicitudes de clientes y trabajadores. Después de la camarista, este personaje es el más fílmico de toda la película. Siempre en un rincón del elevador, articula un diálogo de silencios y miradas que nos hacen notar que está allí y que se trata de esa mujer a la que Eve le habla un día, finalmente, sin darse cuenta todavía de que le habla a quien ella misma podría ser si transcurren demasiados años sin que alcance el piso 42.



 



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Rodrigo Martínez Martínez. Es docente, investigador y editor. Ha impartido asignaturas, cursos y diplomados de cine y de análisis audiovisual en la UNAM, la UAM, la UACM y en la escuela de cine Arte7. Ha publicado en las revistas Icónica, F.I.L.M.E y Punto de partida.

 

Punto en Línea, año 16, núm. 111, junio-julio 2024

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